Cuaderno borrador 1

Hoy abrí este cuaderno.
No recordaba haberlo escrito.
Esto fue lo que encontré.


A veces escribo para dejar pruebas de que estuve acá.
No pruebas importantes.
No esas que sirven para la policía científica o para la posteridad.

Pruebas mínimas.

Una taza olvidada al lado del teclado.
Tres palabras subrayadas en un libro que nunca terminé.
El humo torcido de un cigarrillo apagándose solo mientras miro cualquier cosa sin verla.

Después vuelvo a leerme y no me reconozco.

Pienso:
qué raro haber sido esa persona hace apenas dos horas.

Entonces arranco hojas.
Las doblo.
Las escondo adentro de otros cuadernos.
Como si mis pensamientos necesitaran mudarse constantemente para que nadie los encuentre completos.

Tal vez por eso sobreviven.




Hoy no pasó nada digno de contarse.
Nadie me salvó la vida.
No descubrí una verdad importante.
No apareció música de fondo mientras miraba por la ventana.

Y sin embargo…

hubo un segundo.

Duró poco.
Ridículamente poco.

Estaba lavando una taza o buscando fuego o perdiendo tiempo, no sé.
Y de golpe entró una ráfaga fría por alguna rendija de la casa.

Movió apenas un papel sobre la mesa.

Nada más.

Pero por un instante tuve la sensación de que el mundo seguía funcionando sin pedirme permiso.
Como un animal enorme respirando tranquilo en otra habitación.

Y yo adentro.

Despeinada.
Cansada.
Con pensamientos inútiles y platos para lavar.

Pero adentro.

A veces la felicidad no hace ruido.
A veces apenas mueve un papel.

Y una sigue acá, mirando cómo tiembla.



Hay días en que mi cabeza parece una habitación después de una fiesta.
Vasos vacíos.
Ceniza.
Algo pegajoso en el piso.
Y una canción vieja sonando desde muy lejos.

Entonces camino entre mis propios pensamientos con cuidado de no pisar nada importante.

Aunque sospecho que ya llegué tarde.




A veces me pregunto cuántas versiones mías siguen viviendo en internet.
Blogs abandonados.
Correos olvidados.
Fotos pixeladas.
Comentarios escritos a las tres de la mañana como quien deja migas para no perderse.

Qué trabajo imposible el de desaparecer completamente.

Siempre queda una frase respirando en alguna parte.




La noche tiene mala costumbre de abrir cajones internos.
Una intenta distraerse.
Mira videos absurdos.
Ordena carpetas. Promete dormir temprano.

Pero basta un olor, una palabra o una sombra rara en la pared…

y aparecen todos los fantasmas pidiendo mate.



No confío demasiado en la gente que tiene respuestas rápidas.
Las respuestas verdaderas suelen venir despeinadas, cansadas y media rotas.
Como si hubieran tenido que cruzar un bosque para llegar hasta una.



Hoy vi una bolsa de plástico volando por la calle y pensé:
mirá qué injusto.

Hay personas que pasan toda una vida intentando ser libres
y una mugrienta bolsa blanca lo logra con dos ráfagas de viento.


Tengo la sospecha de que algunos objetos nos observan.
No de forma paranormal.
Peor.

Con paciencia.

La silla donde lloramos.
La taza favorita.
Ese buzo viejo que jamás tiramos.

Ellos saben cosas.
Nos han visto convertidos en ruina y en milagro el mismo día.



Hay momentos en que el mundo parece demasiado grande para mí.
Las noticias.
La velocidad.
La cantidad insoportable de gente opinando.

Entonces vuelvo a cosas mínimas:
el ruido del agua hirviendo,
una frazada pesada,
la respiración de un perro dormido.

Y ahí, en ese territorio diminuto, sobrevivo.




No sé cuándo empezó esta costumbre de juntar palabras como quien junta piedras raras en la playa.

La mayoría no sirven para nada.

Pero de vez en cuando una brilla.

Y ya tengo excusa para seguir buscando.




A veces quisiera vivir dentro de una imagen imposible.
Una casa silenciosa entre árboles.
Luz naranja entrando por las ventanas.
Libros abiertos.
Nada urgente.

Después miro alrededor y encuentro pelos, desorden, platos sucios y ropa tirada.

Y pienso:
bueno… tal vez ésta también sea una forma bastante honesta de existir.



Hay tristezas que no quieren curarse.
Solo quieren sentarse cerca de una ventana y quedarse mirando la lluvia sin que nadie las moleste.



Qué extraño el cuerpo humano.
Puede soportar años enteros de rutina, pérdidas, miedo y cansancio…

y aun así emocionarse porque una nube tenía forma de caballo.




A veces creo que escribo para no convertirme completamente en paisaje.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cuadernos borrador

Cuaderno Borrador 3

Cuaderno borrador 4