Cuaderno borrador 5

Imagen
CUADERNO 5 Hoy abrí este cuaderno. No recordaba haberlo escrito. Esto fue lo que encontré… A veces dejo cosas sin terminar para que me sigan haciendo compañía. Los dibujos incompletos. Las frases a medias. Las ventanas abiertas en la computadora. Los nombres anotados en papeles que ya no entiendo. Hay abandonos que no son tristeza. Son una manera extraña de no soltar. Supongo que por eso mis cuadernos parecen habitaciones después de una mudanza. Todo está fuera de lugar, pero yo todavía sé dónde respira cada cosa. Lo curioso es que nunca busco un sentido. Pero cuando termino una página, aparece igual. Como esos gatos que nadie llamó y aun así entran a la casa. Entonces hago lo único que sé hacer: dejo la puerta abierta y finjo que el desorden decidió acomodarse solo. “Las cosas que guardamos aunque no sirvan” Guardo cosas por motivos completamente absurdos. Un boleto de colectivo desteñido. Una textura descargada hace a...

Cuaderno borrador 7

Hoy abrí el cuaderno 7.
No recordaba haberlo escrito.
Esto fue lo que encontré…


No sé por qué este número
pero algo en el siete tiene forma de intento.

Como si fuera un paso que no llega a ser camino,
pero tampoco quiere quedarse quieto.

Hoy no vengo a explicar nada.
Vengo a ver si aparece eso que a veces se esconde
cuando lo llamo por su nombre.
Capaz el amor no es lo que digo
sino esto otro:
quedarme un rato más
aunque no entienda para qué.

Hay días en que escribir
es apenas no irme.

Y alcanza.





Amor,

no voy a escribirte desde la herida
aunque tantas veces te hayan confundido con eso.

No voy a llamarte cuando duela
como si el dolor fuera tu forma más verdadera.

Te conozco también en lo simple:
en lo que no exige,
en lo que no rompe,
en lo que no deja marcas para ser recordado.

Hay una parte de mí que aprendió
a medirte por lo que falta,
por lo que no llega,
por lo que se escapa justo cuando iba a tocarse.

Esa parte todavía cree
que sufrir es una forma de acercarse a vos.

Pero hay otra —más nueva, más callada—
que empieza a sospechar algo distinto:

que tal vez no estés en lo que duele
sino en lo que permanece sin lastimar.

En lo que no necesita hacerse notar
para existir.

Amor,
si sos eso…

entonces no hace falta perderse para encontrarte.





No fue el amor lo que me desordenó.
Fue todo lo que inventé alrededor.

Las escenas que no pasaron,
las conversaciones que ensayé en silencio,
las respuestas que imaginé mejores que las reales.

El amor, cuando estuvo,
fue bastante más simple.

Pero yo le agregué capas,
como si temiera que en su forma desnuda
no alcanzara.

Le puse futuro antes de tener presente,
le pedí señales,
lo hice girar alrededor de lo que faltaba
y no de lo que había.

Y así, sin darme cuenta,
dejé de verlo.

No porque se fuera,
sino porque lo tapé
con todo lo que esperaba de él.

Tal vez el desorden no venga del amor.
Tal vez venga de esa costumbre
de no dejarlo ser
sin convertirlo en otra cosa.





Hay un momento —no avisa—
en que todo encaja de golpe.

No porque algo haya cambiado,
sino porque uno por fin ve
lo que estuvo ahí desde el principio.

Y duele.

No como una herida abierta,
sino como una certeza que llega tarde
y se queda.

Ahí entendés lo que dijiste de más,
lo que callaste cuando no era momento,
lo que confundiste por miedo
o por ganas.

Entendés también que el amor
no era ese enredo que armaste para sostenerlo,
sino algo mucho más quieto
que no supiste reconocer.

Y entonces aparece esa sensación extraña:
no de pérdida,
sino de haber estado
y no haber estado del todo.

Como si hubieras pasado por un lugar importante
mirando otra cosa.

No hay reproche que alcance,
ni explicación que lo acomode.

Solo queda esa forma nueva de mirar,
un poco más limpia,
un poco más sola.

Y, sin embargo…
más cerca.





No todo amor termina cuando se va.

Algunos se quedan
en cosas mínimas:
una forma de nombrar,
una costumbre que no se desarma,
un gesto que aparece sin permiso
cuando nadie está mirando.

Y uno sigue.

Hace otras cosas,
habla con otra gente,
ordena la casa,
se acostumbra a otros ritmos.

Pero hay algo —muy pequeño—
que no se mueve.

No molesta.
No pide.
No reclama lugar.

Solo está.

Como si el amor no hubiera entendido del todo
que ya no le toca quedarse,
o como si nosotros
no hubiéramos sabido despedirlo sin dejarle una llave.

Y entonces conviven:
lo que ya pasó
y lo que sigue pasando.

No en conflicto.
No en paz.

En una especie de acuerdo silencioso
que nadie firmó
pero que igual se cumple.





No tengo una forma de explicarte el amor.

Cada vez que lo intento,
se vuelve más chico
de lo que fue.

Podría decirte que calma,
pero a veces inquieta.

Podría decirte que une,
pero hay momentos en que separa
con una precisión extraña.

No es confiable en el sentido en que uno espera.
No avisa.
No se deja ordenar.

Y, sin embargo…
cuando aparece, hay algo que reconoce.

No porque encaje,
sino porque deja de hacer falta encajar.

No tengo nada para enseñarte sobre esto.
Ni siquiera sé si se aprende.

Pero si alguna vez lo sentís —de verdad—
vas a notar que no viene a resolverte la vida,
ni a darte respuestas.

Viene a quedarse un rato
y a moverte un poco el eje.

Después…
cada uno ve qué hace con eso.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Cuadernos borrador

Cuaderno Borrador 3

Cuaderno borrador 4