Cuaderno borrador 5

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CUADERNO 5 Hoy abrí este cuaderno. No recordaba haberlo escrito. Esto fue lo que encontré… A veces dejo cosas sin terminar para que me sigan haciendo compañía. Los dibujos incompletos. Las frases a medias. Las ventanas abiertas en la computadora. Los nombres anotados en papeles que ya no entiendo. Hay abandonos que no son tristeza. Son una manera extraña de no soltar. Supongo que por eso mis cuadernos parecen habitaciones después de una mudanza. Todo está fuera de lugar, pero yo todavía sé dónde respira cada cosa. Lo curioso es que nunca busco un sentido. Pero cuando termino una página, aparece igual. Como esos gatos que nadie llamó y aun así entran a la casa. Entonces hago lo único que sé hacer: dejo la puerta abierta y finjo que el desorden decidió acomodarse solo. “Las cosas que guardamos aunque no sirvan” Guardo cosas por motivos completamente absurdos. Un boleto de colectivo desteñido. Una textura descargada hace a...

Cuaderno borrador 8

Hoy abrí el cuaderno 8.
No recordaba haberlo escrito.
Esto fue lo que encontré…


Anoche soñé con una ciudad
hecha completamente de pasillos.

No había calles.
Solo habitaciones conectadas entre sí
por puertas pequeñas
y lámparas amarillas.

Desperté con la sensación extraña
de haber olvidado algo importante ahí.

Tal vez una versión mía
que todavía sigue caminando por esos corredores.

Ilustración generada por ChatGPT en respuesta a interacciones personalizadas.
Cortesía de OpenAI.
https://openai.com/chatgpt



Hay sueños que no quiero interpretar.

Prefiero dejarlos quietos,
como animales tímidos
durmiendo en el fondo de la memoria.




A veces me despierto feliz
solo porque en algún sueño
volví a encontrar una casa
que nunca existió.




Soñé que tenía ordenada la computadora.

Ahí entendí
que los sueños también saben mentir.




Hay sueños que desaparecen apenas abro los ojos.

Pero durante unos segundos
siguen flotando arriba mío,
como si no quisieran irse todavía.

Yo tampoco haría mucho esfuerzo por quedarme
si tuviera que vivir
dentro de una cabeza ajena.




Anoche soñé con una biblioteca infinita.

Los libros no tenían títulos.
Solo fechas,
olores,
y pequeños restos de personas adentro.

Me desperté con ganas de volver.

Creo que dejé una parte de mí
marcando una página.




Tengo sueños tan viejos
que ya dejaron de parecer metas.

Ahora son compañía.

Viven conmigo.
Se sientan cerca mientras hago otras cosas.
A veces no avanzan.
A veces ni siquiera se cumplen.

Pero me gusta saber
que todavía siguen respirando adentro mío.




Hay personas que persiguen sueños.

Yo, en cambio,
convivo con ellos.

Los dejo andar por la casa,
abrir ventanas,
llenarme la computadora de carpetas absurdas
y aparecer de golpe
un martes cualquiera
mientras estoy haciendo nada.




Hay sueños que no me impulsan.

Me desgastan.

Se quedan viviendo en algún rincón de mi cabeza
repitiendo posibilidades
que ya ni sé si deseo de verdad.

A veces sospecho
que no sueño porque espero algo.

Sueño porque mi mente
todavía no aprendió a apagar ciertas luces.




No todos los sueños nacen para cumplirse.

Algunos apenas existen
para que una parte nuestra
tolere mejor la realidad.



La gente dice:
“hay que luchar por los sueños”.

Pero nadie habla del problema de alcanzarlos
después de haber cambiado de sueño cinco veces.



Conozco personas
que viven decepcionadas por deseos cumplidos tarde.


A veces imagino a la mente humana
como un empleado agotado
tratando de procesar pedidos contradictorios.

“Quiero paz.”
“No, emoción.”
“No, estabilidad.”
“No, irme.”
“No, volver.”
“No, otra cosa.”

Y el pobre cerebro ahí,
llenando formularios invisibles
sin entender nada.



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