páginas sueltas
Aparecen sin aviso.
No tienen número ni destino.
No sabemos de qué cuaderno se cayeron
ni si alguna vez estuvieron en uno.
Las dejo acá
antes de que vuelvan a perderse.
La gente que vive dentro de las ventanas encendidas
A veces miro las ventanas iluminadas de las casas ajenas y pienso que adentro alguien está teniendo una noche completamente distinta a la mía.
En una ventana alguien discute por cuarta vez la misma pelea.
En otra, una mujer come queso parada frente a la heladera mientras mira al vacío.
Más allá, alguien se acaba de enamorar y todavía no sabe el desastre hermoso que eso significa.
Hay personas doblando ropa.
Personas llorando en silencio para no despertar a nadie.
Personas buscando una película que nunca empiezan.
Personas pensando “mañana sí”.
Y después estoy yo, mirando desde afuera como si las ventanas fueran pequeños acuarios humanos flotando en la noche.
Me gusta imaginarles vidas mínimas.
El señor del tercer piso probablemente tiene una planta medio muerta que insiste en sobrevivir.
La chica de la luz violeta seguro deja vasos de agua olvidados por toda la casa.
El hombre que fuma en el balcón parece alguien que perdió algo hace años y todavía revisa los bolsillos.
Tal vez ninguno sea así.
Tal vez son peores.
O más simples.
Pero cuando miro ventanas encendidas siento algo raro:
la tranquilidad de saber que el mundo está lleno de gente ocupándose de sus pequeños caos mientras yo me ocupo del mío.
Como si existiera una hermandad silenciosa de personas cansadas intentando llegar vivas al día siguiente.
A veces una luz se apaga y me da un poquito de ternura.
Pienso:
“bueno, uno más que se rindió por hoy.”
La mujer que todavía miraba los colectivos
Hubo una época en que yo miraba los colectivos como si cualquiera pudiera llevarme a otra vida.
No necesitaba subir.
Alcanzaba con mirar los números pasar.
El 17 iba hacia una versión triste de la ciudad.
El 60 parecía lleno de personas importantes.
El 152 tenía algo de domingo.
Otros daban miedo o nostalgia sin motivo alguno.
Yo esperaba cosas incluso cuando no esperaba nada.
Miraba gente bajar con bolsas, mochilas, flores, cansancio.
Y les inventaba destinos mejores.
A veces pensaba:
“esa mujer seguro está empezando de nuevo.”
Aunque probablemente solo volvía del trabajo pensando en la cena.
Tenía una fe rara en el movimiento.
Como si viajar unas cuadras pudiera acomodar la existencia.
Después crecí.
Y un día entendí que la mayoría de las personas no van hacia otro lugar.
Van apenas hacia mañana.
Sin embargo, todavía hoy, cuando veo un colectivo de noche con pocas luces y algunas cabezas dormidas contra la ventana, siento el mismo tirón antiguo.
Como si una parte mía siguiera creyendo que en cualquier momento alguien puede bajarse en una esquina cualquiera y empezar otra vez.
El negocio que siempre estaba abierto
Había un negocio en una esquina que nunca parecía cerrar.
No recuerdo qué vendía exactamente.
Tal vez de todo un poco:
pilas,
escobas,
cigarrillos,
cintas adhesivas,
vasos de plástico,
cosas destinadas a resolver urgencias pequeñas.
Pero no era el negocio lo importante.
Era la luz.
Esa luz blanca cansada encendida a cualquier hora, incluso cuando la calle ya estaba vacía y el resto del barrio parecía haberse rendido.
A veces pasaba tarde y veía al dueño mirando televisión detrás del mostrador.
O acomodando mercadería sin ganas.
O simplemente quieto, como alguien que ya llevaba demasiadas horas despierto.
Y aunque jamás entraba a comprar nada, me tranquilizaba verlo abierto.
Como si la existencia necesitara dejar al menos un lugar despierto por las dudas.
Por las dudas de qué, no sé.
De una tristeza.
De un insomnio.
De una tormenta.
De alguien volviendo tarde sintiéndose un poco perdido.
Con los años el negocio cerró.
Un día pasé y la persiana estaba baja.
Después apareció un cartel de alquiler.
Después polvo.
Después otra cosa completamente distinta.
Pero todavía hoy, algunas noches, cuando veo una luz sola en medio de una calle oscura, siento el impulso absurdo de pensar:
“menos mal.
todavía queda alguien despierto.”
La carpeta “cosas importantes”
En alguna computadora vieja existe una carpeta llamada “cosas importantes”.
No “documentos”.
No “trabajo”.
No “guardar”.
“Cosas importantes”.
Y lo más extraño es que, cuando fue creada, realmente lo eran.
Adentro hay una foto movida de alguien que ya no vemos.
Un archivo de texto con una sola frase.
Una captura de pantalla incomprensible.
Una canción descargada con un nombre larguísimo.
Un dibujo torcido.
Un poema horrible que en su momento parecía genial.
También hay imágenes repetidas porque daba miedo perderlas.
Y fechas.
Miles de fechas invisibles pegadas a cada archivo como polvo emocional.
2013.
2014.
“final_final_ahora_si”.
“no borrar”.
“última versión posta”.
La carpeta sigue ahí aunque la vida haya cambiado entera alrededor.
Uno cambia de teléfono, de casa, de cuerpo, de ideas.
Pero esos restos digitales sobreviven como pequeños insectos atrapados en ámbar.
A veces los abrimos por accidente.
Y entonces ocurre algo rarísimo:
durante unos segundos vuelve exactamente la persona que éramos cuando guardamos eso.
No una versión pensada o narrada.
La original.
La que todavía no sabía todo lo que vino después.
Por eso algunas carpetas pesan más que los muebles.
Porque no almacenan archivos.
Almacenan personas que ya no existen demasiado.
La vida imaginaria de un archivo vacío
Nació para contener algo importante.
Una novela.
Una despedida.
Un proyecto gigantesco.
La explicación definitiva del universo o al menos de una tristeza puntual.
Pero nunca llegó ninguna palabra.
Solo un nombre extraño:
“final_definitivo_ahora_si_v2”.
Permanece guardado en una carpeta perdida de la computadora como una habitación recién construida donde nadie vivió jamás.
Y sin embargo…
a veces siente orgullo de su vacío.
Porque conoce todos los textos que no fueron arruinados por intentar existir.
La vida imaginaria de una media sin pareja
Al principio creyó que era temporal.
Las medias siempre se reencuentran después del lavado, pensaba.
Pero no.
La otra desapareció para siempre en ese agujero dimensional que habita entre los lavarropas y la resignación humana.
Desde entonces vive sola en un cajón donde nadie se atreve a tirarla.
Con el tiempo desarrolló cierta independencia emocional.
Incluso empezó a sospechar que muchas relaciones sobreviven únicamente por costumbre elástica.
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