páginas sueltas
Aparecen sin aviso.
No tienen número ni destino.
No sabemos de qué cuaderno se cayeron
ni si alguna vez estuvieron en uno.
Las dejo acá
antes de que vuelvan a perderse.
Encontré una hoja doblada adentro de un libro.
No decía nada importante.
Solo una frase:
“Hay personas que convierten el encierro en territorio.”
Me dio un poco de miedo reconocer la letra.
La costumbre también puede ser un refugio.
No todo círculo es cárcel.
A veces una vuelve siempre a los mismos pensamientos porque ahí conoce la ubicación exacta de las grietas y puede caminar descalza sin lastimarse demasiado.
Me gusta imaginar que mis cuadernos se mezclan solos durante la noche.
Que una frase del invierno aparece meses después entre páginas de verano.
Que los textos se mudan cuando nadie mira.
Como los gatos.
Hay algo profundamente humano en insistir con las mismas preguntas aunque nunca aparezca la respuesta.
Supongo que por eso sigo escribiendo.
Hoy pensé que tal vez la identidad no sea más que un puñado de obsesiones bien acomodadas.
Algunas personas viajan por el mundo.
Yo viajo alrededor de las mismas cuatro emociones desde hace años.
No recomiendo el paquete turístico.
Pero conozco muy bien el paisaje.
La tristeza cambia de ropa para que no la reconozcamos enseguida.
A veces se viste de nostalgia.
Otras de cansancio.
O de simple aburrimiento un martes a la tarde.
Pero siempre termina sentándose en el mismo lugar de la casa.
Tengo una relación extraña con las cosas incompletas.
Los cuadernos a medias.
Las ideas sin terminar.
Los collages abandonados durante semanas.
Tal vez porque yo también vivo un poco en borrador.
Hay días en que siento que mi verdadera biografía podría escribirse solamente con pequeñas escenas:
una ventana abierta,
el ruido del teclado,
un perro respirando cerca,
una taza olvidada,
la lluvia demorando pensamientos.
Todo lo demás parece exageración.
A veces miro mis propios textos como quien revisa cajas en una mudanza.
No siempre entiendo qué estaba tratando de salvar.
Qué raro eso de extrañarse a una misma
sin haberse ido nunca.
Los objetos de mi casa ya deben conocer mis ciclos emocionales mejor que yo.
La computadora cuando me obsesiono.
La cama cuando me derrumbo.
La cocina cuando intento volver al mundo.
Hay pensamientos que giran tanto tiempo dentro de una cabeza que terminan gastando el piso.
No sé si busco belleza o simplemente una manera soportable de mirar el caos.
Capaz es lo mismo.
Algunas hojas no se pierden.
Se escapan.
La vida imaginaria de una llave sin puerta
Durante años creyó que tenía una misión importante.
Dormía en cajones oscuros junto a monedas inútiles y papeles viejos, esperando el momento exacto en que alguien dijera:
“¡Acá está!”
Pero el tiempo pasó.
La cerradura desapareció.
La puerta fue cambiada.
La casa quizá ya ni existe.
Ahora la llave vive suspendida en un llavero que nadie revisa demasiado.
Escucha conversaciones, mudanzas, rutinas ajenas.
A veces piensa que tal vez nunca abrió nada verdaderamente importante.
Y aun así conserva, en la forma de sus dientes gastados, la memoria exacta de algo que alguna vez confió en ella.
La vida imaginaria de una tijera oxidada
Antes cortaba telas, hilos, fotografías y paquetes imposibles de abrir.
Tenía un propósito concreto:
separar cosas.
Después llegó la humedad.
Los cajones olvidados.
El tiempo haciendo silencio encima del metal.
Ahora apenas puede abrirse.
Pero todavía conserva un pequeño orgullo:
sabe que alguna vez transformó materiales torpes en formas posibles.
Hay objetos que envejecen como herramientas.
Y otros como antiguos oficios.
Comentarios
Publicar un comentario
PIDE TU DESEO Y EL UNIVERSO ENTERO SE PONDRÁ EN MOVIMIENTO PARA HACERLO REALIDAD.